La Flor de Pucará

LA FLOR DE PUCARÁ

Por Sylvia Falcón[*]

Leonor Efigenia Chávez Rojas, Flor Pucarina, sigue siendo un personaje singular dentro de la historia musical del Perú y es esa vigencia la que a más de veinte años de su desaparición, continúa reclamando y desempolvando discursos de reivindicación.

Nació en Pucará el 21 de septiembre de 1935. Se sabe que junto a su madre llegó a Lima muy pequeña, y se asientan en La Parada. Sus paisanos las ayudaron a instalar un puesto de verduras hasta que doña Alejandrina no pudo tolerar más la vida en la capital y decide retornar a Pucará. Su inclinación por la música se dejó evidenciar cuando participaba entonando alguna que otra canción en la primaria pucarina. Desde siempre la llamaron Flor.

Cuando aún era adolescente decidió volver a Lima donde tendría que abrirse surcos a fuerza de empeño como empleada, lavandera y costurera. El temprano enfrentamiento con la dura vida de un migrante serrano en la capital marcaría para siempre parte de su temperamento adolorido, la llenaría de recuerdos ingratos y paradójicamente la harían aferrarse con mucha mayor determinación a la nostálgica música de su pueblo. Así, en medio de esas añoranzas y sueños, como todo provinciano asentado en Lima,  asistía a los espectáculos  dominicales de los coliseos. Comienza allí la leyenda.

Luego de que los hermanos Teófilo y Alejandro Galván vieran en ella la gran posibilidad de la música del Valle del Mantaro, el 8 de diciembre de 1958 a los 28 años de edad, Leonor Chávez Rojas se convirtió para siempre en Flor Pucarina. Desde entonces, su trabajo artístico estuvo relacionado con importantes orquestas como “Juventud Acollina” del maestro Luis Carhuay, “Los alegres de Huancayo”, “Los Engreídos de Jauja”, “Los Rebeldes de Huancayo”; además de los compositores más representativos de esos años como Zenobio Dagha, Carlos Baquerizo y  Emilio Alanya creador de la muliza “Falsía” y “Ayrampito”, huayno que en 1965, de la voz de Flor Pucarina, vendió más de un millón de copias para la disquera Virrey.

Era dueña de una belleza nativa y un temple característico de las mujeres de la indomable nación huanca. En cada una de sus interpretaciones está latente el orgullo de pertenecer al legado artístico de su pueblo. Sin embargo, si nos detenemos en el discurso de la mayoría de sus canciones, encontraremos siempre a una mujer amante, que sufre por los desamores pero que no permite la conmiseración de un ingrato y que a pesar de las adversidades busca esperanzas de nuevos horizontes o en todo caso la muerte, “porque he caído en desgracia pensarás que estoy perdida, no creas y no te engañes, queda mucho del camino y otro será mi destino”. En algunos de estos huaynos y mulizas también escuchamos el runa simi huanca junto con los huapeos característicos de Flor Pucarina.

Ciertamente no poseía una voz extraordinaria; las desafinaciones y los descompases se volvieron parte de un estilo que su irreverencia llevó a un segundo plano. Fueron su imponente personalidad y la naturalidad que transmitía en su poderosa manera de interpretar, lo que dieron a su arte el aire genuinamente popular capaz de reflejar los múltiples sentires que estremecen el alma andina. De allí, la identificación absoluta del público con la música huanca.

Durante los años cincuenta los músicos y compositores del departamento de Junín ya gozaban de un privilegiado lugar en el parnaso de las estrellas provincianas asentadas en Lima. Hacia 1953, el sello discográfico Odeón había producido cerca de cien discos únicamente de artistas provenientes de las provincias de Huancayo y Jauja. El mercado de la música, por lo tanto, encontró en los hijos de la provincia de Junín mayor acogida no sólo porque eran mayoría, sino también porque su creciente capacidad adquisitiva fue develando la eficacia de una organización socio-económica traída desde sus pueblos.

En el marco de toda esta expansión provinciana, se vislumbraron los fenómenos musicales más representativos de nuestro acervo nacional, los cuales se remontan al primer festival de San Juan en La Pampa de Amancaes en 1927, donde la impresionante  cantidad de delegaciones  y compañías provenientes de las distintas naciones del Perú, podían congregar alrededor de cincuenta mil personas en un solo día. Más tarde, coincidentemente  con aparición de la radio y las primeras grabaciones en 78 RPM, tenemos el auge de los coliseos, espacios que encarnaron la intensamente densa y variada producción artística de esos años. Entre otros intérpretes: Pastorita Huarasina, Jilguero del Huascarán, Picaflor de los Andes y Flor Pucarina gozaron de un privilegio sin precedente en los escenarios del Coliseo Nacional.

Es pertinente  mencionar la importancia de la participación de las voces femeninas en cada una de las etapas de este desarrollo musical cultural. No sólo están las grandes pioneras del arte urbano y criollo como Rosa Mercedes Ayarza, Chabuca Granda, Alicia Maguiña, Victoria Santa Cruz; sino también, en la producción del arte andino, encontramos una pléyade de mujeres imprescindibles que a partir de sus estilos originales dotaron de identidad y riqueza invaluable la historia musical del Perú en el siglo XX. Bajo esta mirada, la obra de nuestra Flor Pucarina representa aquella enorme puerta que se abrió a fuerza de superación de las primeras grandes vallas que la joven y prejuiciosa sociedad peruana ponía en el camino de sus ciudadanos más alejados, desconocidos, casi olvidados.

Así, el arte, a través de una insólita forma de sensibilización, representa la plataforma más elevada para la comunicación de ideas y sentimientos. La reivindicación de derechos que se le atribuye a la obra de Flor Pucarina nunca pasó por un discurso explícito ni directo. En mi opinión, esto es lo más interesante e importante de rescatar y analizar. Flor Pucarina, a partir de su personalidad auténtica, naturalizó el modo de sentir sin tener que reclamar nada a nadie, ella encarnaba esa lucha, su vida misma representó las pulsiones que atormentaban a nuestra sociedad.  Sin embargo, en ninguna de sus canciones existe una queja literal sobre la marginación hacia las mujeres andinas por el simple hecho de ser mujeres y serranas. La gran mayoría de sus temas se desgarran de amor, infamias, maldades, traiciones, tormentos, caprichos, desgracias y padecimientos por el recuerdo de un cariño tormentoso.

Lo quise tanto que me moría, solo el pensar en sus lindos ojos que me    embrujaban.

No puedo cómo explicarte, cosita de lo que siento, cholito de mi querer.

Te reirás o sufrirás, poco me interesa, eso no me importa.”

Considero que éste es el gran aporte del estilo de Flor Pucarina, ella pudo elegir un repertorio cuya dramática manera de exponer sus más hondos sentimientos traducen la determinación de una mujer que, sin temores, grita a los cuatro vientos que ama profundamente, que puede arriesgarlo todo sin recibir nada a cambio y aún así no perder las esperanzas de volver a entregar el corazón. Ese tratamiento discursivo, antes casi invisible dentro de la música, complementa la emergencia de la mujer tesonera, realista y emprendedora.

Quienes no hemos vivido de cerca los años de esplendor de la Faraona Huanca, difícilmente podemos traducir la impresionante influencia que a partir de la música, fue fundamental para el reordenamiento de las nociones de ciudadanía tal como las vivimos hoy. Sólo basta mencionar aquel 7 de octubre de 1987, cuando el Perú oficial no podía explicarse cómo la muerte de una sola mujer movilizó 20 mil almas por las calles de Lima.

[*] Bachiller en Antropología por la Universidad Nacional Mayor de San marcos, soprano e intérprete de música andina.